Estos días en los que se está hablando tanto de vivienda nos recuerdan algo que no podemos ignorar: el sinhogarismo sigue aumentando, no solo en adultos, sino también en jóvenes e infancia (*).
Las consecuencias del sinhogarismo marcan de por vida a quienes lo sufren, muy especialmente a las personas más jóvenes, porque un hogar es más que un techo: es nuestro lugar en el mundo, al que pertenecemos.
Detrás de cada situación hay historias de personas que sufren, historias llenas de humanidad, de personas excluidas que buscan un lugar propio en la sociedad y en la comunidad.
Por eso es tan importante que, como sociedad, escuchemos a las personas sin hogar, y no las ignoremos: las comprendamos, y no las juzguemos; y que, en vez de rechazo, sientan que tienen otra oportunidad.



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