LA FUENTE DEL BURRO
En Canfranc, Huesca, España, hay un suave sendero que zigzaguea por un tupido bosque de abetos y hayas, con sus márgenes bordados de musgos y helechos y que es como un libro abierto. Conforme acompasas los pies por el camino parece que llevas el dedo índice de una linea a otra de sus páginas. Es la meditación peripatética o paseante, inmersión conjunta en la naturaleza y el pensamiento sentiente,
Subes cabizbajo, mirando piedras y palos para no tropezar, y de vez en cuando alzas la mirada al entreverado techo de hojas y luz. En ese compartir suelo y techo, las piedras y palos abajo el mosaico de hojas y luz en lo alto, vas fundiendo en tu mente un sinfín de cuestiones barrocas y amagos inintencionados de respuestas evidentemente fallidas. Por supuesto que las de siempre. Las propician las primeras impresiones, en ese bosque clareado, los gozos de luz que aparentan resolver algo. Son fruto, más de tu corazón que de tu pensamiento, descansillos entre el ascenso y descenso de la mirada.
El primer atisbo es que no puedes dejar de mirar arriba y abajo, como el picoteo de las gallinas. Porque si te dejas llevar de una sola mirada o no sabes donde vas o te puede caer. Somos materia que dice yo y nosotros y mundo. Que se enreda cuando dice Dios. Y que vale más seguir el camino desechando falsos desvíos que obedecer la pauta del siempre hacia arriba.
La Fuente del Burro es un destino a medias, meta intermedia del Sendero del Corzo, es decir, de los altos escarpados volcados a los cortados y pedreras o sea precipicios, peligros, maravillas y dioses. La fuente está a un tercio de camino y a media hora. Probablemente fue un burro el investigador que descubrió la fuente. En su esfuerzo vicario de los repobladores, en su nido de cuco de caballos e ingenieros llegaría exhausto burro, a la pequeña vaguada y allí mientras despotricaba, rezaba y lloraba le brotaría el agua como a Moisés la llama en la zarza.
La fuente del Burro es ilustre por dos motivos, porque revela verdad y porque es un burro quien recibe la revelación. Ni ángel dicente ni virgen oyente sino un humilde burrito y un parto de agua, antes montaña embarazada. El burro es un animal que aguanta todo, presta sus servicios calladamente y nadie le agradece nada, solo recibe paja. En la carrera de la vida, su dorsal recibe más palos que caricias y por cada rebuzno se gana una blasfemia, como si fuera Dios el culpable y no el arriero. Queda ipso facto excomulgado
Allí, en el susurrante y boquiabierto manantial se juntan la humildad del burro y la grandeza de la montaña, la pocita de la memoria y el hilillo de la inteligencia. ¡Qué gusto beber a manos llenas! Me remojé la cara y se me mojó el cuello y el chándal. Sentí como un escalofrío y volví a beber el agua bendita de la montaña.
Y cuando ya había agotado tal tónica, tan fresca y revitalizadora, oí la voz del burro que me decía: no subas más pues no hay un Dios allá arriba. A mí me obligan a subir y me pegan si me paro. Los humanos cargan sobre mí los fardos de su existencia, pero tú eres libre y puedes decir que no hay un Dios allá arriba y que tampoco está en todas parte y dejar de subir, aunque sigas andando, pues la altura de miras no es la del águila carroñera sino la de los burros que miran siempre desde abajo, llevan el alimento, y ni para comer matan. Por si fuera poco, caminan peligrosamente al borde del vacío o sea de la metafísica, pudiéndolo hacer con toda seguridad por el ancho del camino y de la vida. ¡Y se les tiene por tontos! Otros más listillos que los burros ya se han despeñado.
A esas palabras tan profundas esto le contesté: Probablemente no hay un Dios allá arriba, pero si hay bondad y belleza aquí abajo. Probablemente arriba sí hay una roca o prado al final del camino, nada sabemos de arriba. Pero nunca se debe subir porque lo indique un mapa, o por obediencia a un guía, tu sabes bien a dónde vas, a pesar de tantas orejeras, en tu caso y en el mío! Sí subirás por gusto, llevado de la belleza que a mí también me ha traído hasta aquí. Tu bella servicialidad me ha traído a tu fuente.
Hay sentido y valor en lo que dices y en lo que eres. Hay belleza y decisión en lo que sientes, pequeña y sacrificada criatura. En ti, animal como yo, pero mal considerado por pobre y rudo, reconozco la sublimidad que caracteriza todas las cosas.
A lo que me contestó la voz lastimosa del burro: a mí no se me ha dado la oportunidad de entender eso, tú eres mayor que yo y has llegado más tarde, con muchos antepasados y con más sabiduría, no la desperdicies. Desengaña a tu gente de su estrecha y vieja visión, que beban agua natural de montaña y no agua encapsulada en el plástico de las tertulias, las homilías y catecismos.
Me despedí de la Fuente renovado y emprendí camino de bajada, el mismo que el de subida pero diferente, pues yo ya iba con otro norte y talante. Sin el dios de arriba y con el no dios de abajo. Entonces decidí, entre piedra y palos, soles y sombras, subir a la fuente cada día, de madrugada, como a santo oráculo. Sin pereza, con ganas, para evitar que ningún sol ciegue la sinceridad de mis desmontes interiores y para que miles de reflejos me orienten y den fuerza.
Santiago Villamayor.
Canfranc.2024








GENTE QUE LEYÓ EL EVANGELIO Y LO ENTENDIÓ