martes, 28 de abril de 2026

 Extraido de la sesión 
de oración de la
comunidad de Torrero I

No a la guerra

Decir "no a la guerra" en este contexto no significa negar la complejidad de la situaci6n iranf ni cerrar los ojos ante los problemas internos del pafs. Significa afirmar que ninguna dificultad politica, ningun conflicto regional, ninguna disputa ideol6gica puede justificar la devastaci6n que inevitablemente trae consigo la guerra.

lsaias imaginó un horizonte en el que las naciones transformaran sus espadas en arados y sus lanzas en herramientas de cultivo. En un mundo dominado por imperios militares, aquella visión era profundamente subversiva: la guerra no era el destlno inevitable de la humanidad, sino una desviaci6n del camino de la Justlcia.

Jeremías, por su parte, denunció con dureza la ilusi6n de seguridad construida sobre la fuerza y la ret6rica polftica que promete paz mlentras oculta la violencia real. Su famosa advertencta -"dicen paz, paz, cuando no hay paz"- resuena hoy con una inquietante actualidad cuando las guerras se presentan come instrumentos de estabilidad. violencia militar

Ezequiel llev6 la reflexi6n aun mas lejos al situar el problema de la violencia en el coraz6n humane. La transformaci6n de la historia, deda el profeta, requiere un coraz6n nuevo y un espfritu nuevo. La Justicla no busca destruir al adversario, sino convertirlo para que viva.

En esta tradici6n profetica aparece una intuici6n etica fundamental: ninguna naci6n puede reclamar superiorldad moral automatica, y el poder nunca legitima la vlolencia.

Siglos despues, en plena Guerra Frfa, el monje trapense Thomas Merton retomó esa intuici6n proética y la aplicó al mundo contemporaneo.

Merton comprendió que la violencia moderna no es solo un fen6meno militar. Es tambien una construcci6n cultural que permite a las sociedades justificar su propia agresi6n mientras demonizan al enemigo. Las naciones hablan en nombre de la paz mientras se preparan para la destrucci6n masiva.

Para Merton, este autoengalio moral constituye uno de los mayores peligros de la modernidad. La guerra se presenta como inevitable, como necesaria o incluso como moralmente justificable. Pero esa narrativa oculta una verdad mucho mas sencllla: cada bomba que cae sobre una ciudad destruye tamblen un fragmento de la humanidad

Estas reivindicaciones merecen la solidaridad del mundo. La defensa de los derechos humanos no puede ser selectiva ni instrumental. Pero precisamente por respeto a esas luchas internas es necesario afirmar con clarldad que la guerra no es el camlno para liberar a un pueblo

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